King Gizzard & the Lizard Wizard en House of Vans, Ciudad de México. 

Foto: Sergio Matamoros / 35mm

Foto: Sergio Matamoros / 35mm

El frenético recordatorio que no hay nada como la música en vivo.

Por: Jesús Morales Huerta.

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«Iluminados por luces rojas provenientes de lo alto del escenario, una multitud de personas empapadas en sudor, tras haber saltado por más de 10 minutos, despejan la mitad de un bowl de skate para formar un círculo, esperando a que todo explote.» 

Si se me pidiera describir un instante que explique el concierto dado por King Gizzard & the Lizard Wizard el pasado viernes 13 de mayo, en el House of Vans de la Ciudad de México, esa sería mi declaración. ¿Divertido? Muy corto para definirlo; ¿frenético? Lo más cercano a ello, y quizás la sensación más común entre quienes asistimos; ¿entrañable? Aunque lejana para muchos, eso es lo que  considero representativo para la actuación de los 6 músicos australianos.

Si bien, House of Vans, en su actual locación, es un recinto relativamente nuevo, no ha parado de sorprender con la calidad y el calibre de la música que suele acoger. Quizás para algunas personas sea raro combinar la idea de tener una sala de conciertos y una pista de skate en un solo lugar, pero lo cierto es que mucho de esto representa la ideología de la marca de calzado que protagoniza el nombre del lugar. Dicho esto, y a pesar de la particular combinación, House of Vans vislumbra un futuro esperanzador que combine la escena local con bandas consolidadas de todas latitudes. 

Ahora bien, y regresando al concierto, al dar las 8:30 pm, la banda encargada de abrir la noche fue The Americojones Experience, proyecto liderado por Americo Hollander, el cual inició a tope y mostró gran parte de su abanico sonoro, en la casi una hora que duró su actuación. Tras terminar, la sensación principal en el lugar y el público, era la necesidad de la agitación, cual fuera la experiencia turbulenta que se presentara. Y lo cierto es que sí, un ritual mágico musical era lo que se avecinaba.

Alrededor de las 9:30, los protagonistas subieron al escenario custodiado por el mural con un enorme esqueleto, sólo para recordarnos algo: que no hay experiencia equiparable a escuchar música ejecutada en vivo. Así, Head On/Pill fue la canción que abrió su actuación, en una especie de trayecto que nos permitió disfrutar de la dualidad de su música, ya fuera desde el espectro sensorial y meramente físico, hasta la apreciación de lo que musicalmente estaba sucediendo en el escenario. 

Foto: Sergio Matamoros / 35mm

Punto importante para King Gizzard & the Lizard Wizard, es su cualidad de hacer que los más de 15 minutos de varias de sus canciones, nunca dejen de ser emocionantes. En cierto sentido, mucho de esto se debe a la instrumentación con la que se conforman sus canciones, así como la habilidad con la que sus integrantes ejecutan sus instrumentos. Dicho esto, muchas de estas sensaciones fueron traducidas desde las primeras canciones que fueron tocadas, como la sutil transición entre la primera a la segunda canción, Mystery Jack, donde Stu Mackenzie, guitarrista y vocalista principal de la banda, tuvo un momento para tocar la flauta transversal; canción que fue sucedida por Garden Goblin, que continuó con la sucesión de instrumentos aerófonos, en la que tuvimos la oportunidad de escuchar un saxofón tocado por, quien mayormente suele tocar los teclados. 

Tras una pausa, en la que se felicitó por su cumpleaños a Cook Craig, también guitarrista de la banda, siguió Straws  In The Wind, momento que confirmó el aura tribal del concierto. Al terminar, de nueva cuenta se recordaría al cumpleañero, sólo que en esta ocasión el público entonó Las Mañanitas, canción que, al menos en México, es cantada a quien se le celebra su cumpleaños. Tras este espacio, la banda tocaría Anoxia, haciendo gala de una de sus cualidades sonoras más representativas: la microtonalidad. Al término de esto, la banda tocaría O.N.E., canción en la que Ambrose Kenny-Smith se paseó por el borde del bowl de skate, rodeando a quienes nos situábamos en la parte más cercana del escenario. Aquella fiebre continuaría con Automation, canción de su álbum de 2020, K.G. 

Foto: Sergio Matamoros / 35mm

A pesar de la extensa discografía del sexteto, ambos momentos sólo fueron la antesala del suceso más memorable (o al menos para quien escribe), del concierto. Fue así que, desde el instante en qué las primeras notas de Rattlesnake fueron tocadas, el lugar por completo se volvió una locura: un slam enorme, repartido por todos los rincones de House of Vans, se dio lugar. A pesar de la duración de la canción, nadie dejaba de entonar y saltar la canción. Entonces fue que se dio el suceso descrito al inicio de este texto, cuando en una caída de ritmo, agregada con dramatismo por la banda, la gente armó dicha rueda en medio del lugar, sólo rota cuando de nueva cuenta la explosión músical ocurrió.

El final del concierto estaba cerca y tras tocar Self-Immolate y Organ Farmer, la banda estaba casi despidiéndose. Era imposible sentirse defraudado, pues la energía nunca dejó de estar a tope y la calidad de lo que nos habían mostrado era innegable. Es así que llegó, Am I In Heaven?, un gran final para un enorme concierto, el cual concluyó siendo aún más entrañable, pues mientras los últimos compases de esta eran tocados, por unos segundos Stu Mackenzie se dirigió al backstage, sólo para regresar con un pastel para Cook Craig, que, tras ser compartido, terminaría comicamente sobre el público.

Foto: Sergio Matamoros / 35mm

Al final, a pesar de una conclusión un tanto dispersa, la sensación más cierta era la de sorpresa. Mentes llevadas al máximo, que desde la euforia hasta la contemplación, a muchos nos recordaron la fuerza colectiva que la música puede generar. Está de más decir que quizás pocas ocasiones otro tipo de géneros provocan esto, pero aunque mucho se dice que el rock ha muerto, es grato saber que, al menos en una sala de conciertos, King Gizzard & the Lizard Wizard sabe cómo mantenerlo vivo.

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